El Terremoto de 1985, 19 de septiembre

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  • Una herida que transformó a la Ciudad de México

Por: Gilberto de los Santos Cruz.

El 19 de septiembre de 1985 quedó marcado para siempre en la memoria colectiva de los mexicanos. Aquella mañana, a las 7:19 horas, un sismo de magnitud 8.1 en la escala de Richter sacudió con violencia la capital del país, dejando a su paso una estela de destrucción, dolor e incertidumbre. Lo que comenzó como un movimiento telúrico más en una ciudad acostumbrada a los temblores se convirtió en una tragedia sin precedentes que cambió la historia de México.

Las crónicas narran que el epicentro se localizó en la costa del Pacífico, frente a las costas de Michoacán y Guerrero. Sin embargo, la Ciudad de México, asentada sobre un antiguo lago y con un subsuelo blando que amplifica las ondas sísmicas, fue la más afectada. En cuestión de segundos, edificios enteros colapsaron y miles de vidas se apagaron.

El amanecer de la tragedia

La capital despertaba a un día normal de labores. Oficinas, escuelas, hospitales y viviendas comenzaban su rutina. Nadie imaginaba que aquel jueves quedaría escrito como uno de los episodios más dolorosos en la historia contemporánea de la nación.

El temblor duró cerca de dos minutos, un lapso breve pero suficiente para arrasar con estructuras enteras. Hospitales como el Juárez, el General de México y el Centro Médico Nacional del IMSS sufrieron colapsos parciales o totales, dejando atrapados a pacientes y personal médico. En la zona centro y en colonias como Roma, Doctores y Tlatelolco, los derrumbes fueron masivos. La escena era apocalíptica: polvo en el aire, calles cubiertas de escombros, sirenas improvisadas y gritos desesperados de quienes pedían ayuda para rescatar a familiares atrapados.

Las cifras oficiales reportaron más de 10 mil muertos, aunque organizaciones civiles aseguran que el número real pudo ser tres o cuatro veces mayor. Decenas de miles de familias perdieron su patrimonio, mientras que millones de capitalinos quedaron marcados por el miedo y la incertidumbre.

La respuesta ciudadana

Una de las lecciones más significativas que dejó este terremoto fue la reacción del pueblo mexicano. Ante la insuficiencia de la respuesta gubernamental y la falta de un plan de emergencia bien estructurado, fueron los propios ciudadanos quienes organizaron brigadas de rescate, acopio y apoyo a las víctimas.

Nacieron entonces los llamados “Topos”, un grupo de voluntarios que, sin experiencia profesional, arriesgaron su vida entre los escombros para salvar a cientos de personas atrapadas. Las colonias se transformaron en centros de solidaridad; mujeres, jóvenes, trabajadores y estudiantes se unieron en cadenas humanas para remover piedras, repartir víveres o brindar refugio.

Esta movilización social marcó un antes y un después en la cultura cívica del país. El terremoto despertó una conciencia ciudadana que años más tarde se traduciría en mayores exigencias de transparencia, rendición de cuentas y participación en la vida pública.

La transformación urbana y política

El terremoto de 1985 también evidenció la fragilidad de la infraestructura urbana y la corrupción en los sistemas de construcción. Edificios relativamente nuevos, que no debieron haber colapsado, se vinieron abajo porque no cumplían con las normas de seguridad. El desastre exhibió a una administración pública incapaz de atender a su población en un momento crítico.

A partir de esta tragedia, México comenzó a diseñar sistemas más sofisticados de protección civil. Se implementaron normas más estrictas en la construcción, y años más tarde se desarrolló el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX), pionero en América Latina. Estas medidas han permitido salvar miles de vidas en sismos posteriores, como el del 19 de septiembre de 2017.

En el plano político, el terremoto minó la legitimidad del gobierno de aquel entonces y abrió paso a movimientos sociales y ciudadanos que exigirían mayor participación en la toma de decisiones. El sismo, además de una catástrofe natural, fue un parteaguas en la vida democrática de México.

Memoria y legado

Cuarenta años después, el recuerdo del terremoto de 1985 sigue vivo en la memoria de la nación. No es casualidad que cada 19 de septiembre se realicen simulacros nacionales: más que una rutina, representan un ejercicio de memoria colectiva para no repetir los errores del pasado y para honrar a las miles de víctimas que perdieron la vida en aquel amanecer trágico.

El terremoto de 1985 no solo destruyó edificios y familias; también sacudió la conciencia de un país entero. Fue el inicio de una nueva etapa en la que la sociedad mexicana demostró que la solidaridad y la organización ciudadana pueden ser más fuertes que la adversidad.

Hoy, al mirar hacia atrás, recordamos no solo la tragedia, sino también la capacidad de resiliencia de un pueblo que, entre los escombros, se levantó con más fuerza para construir una mejor ciudad y un mejor país.