
Por: Dr. Gilberto de los Santos Cruz
El presidente Luis Echeverría anunció reformas de apertura democrática en el país. Inmediatamente permitió el regreso de algunos líderes del movimiento estudiantil de 1968 exiliados en Chile y la excarcelación de muchos otros presos desde hacía dos años (en abril de 1971 la prensa habló de próximas reformas educativas y pronto resurgieron en el ámbito político personajes como José Revueltas y Heberto Castillo, encarcelados dos años y medio atrás).
Los estudiantes estaban entusiasmados y creyeron que habría oportunidades para regresar a las calles a manifestarse en contra del gobierno. El conflicto en la Universidad Autónoma de Nuevo León les dio una razón más para hacerlo: A finales de 1970 profesores y estudiantes de la universidad presentaron una ley orgánica que proponía un gobierno paritario y el 20 de febrero de 1971 llego Héctor Ulises Leal Flores a la rectoría bajo esta nueva ley. El gobierno estatal, en desacuerdo, redujo drásticamente el presupuesto, lo que disgustó a los universitarios, y obligó al Consejo Universitario a aprobar un nuevo proyecto de ley que prácticamente suprimía la autonomía de la institución. Los universitarios comenzaron una huelga y se pidió solidaridad a las demás universidades del país. La UNAM y el Instituto Politécnico Nacional inmediatamente respondieron y los estudiantes convocaron a una manifestación masiva en apoyo a Nuevo León el 10 de junio.
El 30 de mayo el gobernador de Nuevo León Eduardo Elizondo, renunció como parte del programa de conciliación de la SEP y el 5 de junio entró en vigor una nueva ley orgánica que resolvía el conflicto. Los estudiantes capitalinos, pese a ello, decidieron manifestarse, aun cuando las demandas no eran claras. La marcha comenzaría en el Casco de Santo Tomás y recorrería las avenidas Carpio y de los Maestros para salir a la Calzada México-Tacuba para finalmente dirigirse al Zócalo capitalino. Las calles que desembocan a la Avenida de los Maestros estaban bloqueadas por granaderos, los cuales impidieron el paso de los estudiantes. Asimismo, también había tanques antimotines a lo largo de Av. Melchor Ocampo junto con transportes del ejército, los cuales se ubicaban cerca del colegio militar y un enorme contingente policíaco en el cruce de las avenidas Melchor Ocampo y San Cosme. Un grupo de choque entrenado por la CIA., conocido como “Los Halcones”, los cuales vinieron en camiones y camionetas grises y transportes de granaderos, atacó brutalmente a los estudiantes desde las calles aledañas a la Avenida de los Maestros después de que los granaderos abrieran sus filas. Los paramilitares venían armados con varas de bambú, palos de kendo y porras, en un principio fueron fácilmente repelidos por los estudiantes. En un contraataque, los Halcones agredieron a los manifestantes una vez más, esta vez, no sólo con garrotes, sino con armas de alto calibre. La policía no intervino y permaneció como espectadora permitiendo la masacre.
El tiroteo se prolongó por varios minutos, durante los cuales algunos transportes daban apoyo logístico al grupo paramilitar, dotándolo con armas y transportes improvisados, como lo fueron automóviles privados, camionetas, patrullas policíacas e incluso una ambulancia de la Cruz Verde. Los heridos fueron llevados al Hospital Rubén Leñero, pero fue inútil, pues los Halcones llegaron al nosocomio y allí dieron remate a los jóvenes aún en el Quirófano, además de intimidar a los internos y al personal médico. El número de muertos fue cercano a 120, entre ellos uno de catorce años: Jorge Callejas Contreras.
Esa misma noche, elementos del ejército resguardaron el palacio nacional y el entonces presidente Luis Echeverría anunció una investigación sobre la matanza y afirmó que castigarían a los culpables Alfonso Martínez Domínguez regente de la ciudad, y Julio Sánchez Vargas, procurador general, negaron que hubiera Halcones; y los jefes policíacos culparon a los estudiantes de haber creado grupos extremistas dentro de su propio movimiento, quienes finalmente habrían atacado a sus compañeros. Pasó una semana hasta que el coronel Manuel Díaz Escobar (entonces subdirector de Servicios Generales del Departamento del Distrito Federal) aceptara que los había, pero no los involucró en la masacre.
El alto número de periodistas agredidos y de evidencia gráfica de los sucesos logró que la prensa contradijera la versión oficial del gobierno y aceptara la existencia del grupo.Martínez Domínguez entregó su renuncia a Echeverría el 15 de junio pues estaba convencido de que los manifestantes habían sido provocados, entre otras cosas, para que el gobierno tuviera un pretexto y se deshiciera de él. Así y todo, durante años, Martínez Domínguez recibió el apodo popular de “don Halconaso” (ya que formalmente se le conocía como don Alfonso), en alusión a la Matanza del Jueves de Corpus.
El terrible saldo de la manifestación desanimó a muchos estudiantes, pero también propició que se radicalizaran otros más, quienes más tarde formarían parte de las organizaciones guerrilleras urbanas. Los estudiantes en 1971 demandaban especialmente la democratización de la enseñanza, el control del presupuesto universitario por estudiantes y profesores y que éste representara un 12% del PIB así como libertad política donde obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales gozaran de libertades democráticas reales y controlaran el régimen social; Educación de calidad para todos, en especial para campesinos y obreros, y mayor importancia y respeto a la diversidad cultural mexicana; estricta apertura democrática, apoyo a la vida política sindical de los obreros y fin de la represión por parte del gobierno. Estas y otras expresiones de la oposición empezarían a canalizarse años después a través de la Reforma Política de 1977 impulsada por José López Portillo por desde las entrañas del régimen y que terminaría con la razón de ser de las guerrillas y la clandestinidad política. Los Halcones eran un grupo de choque creado a finales de los años 60 para evitar otro movimiento popular grande como lo fue el movimiento estudiantil en México de 1968.. He aquí la canción Ayeres de José de Molina
No canto porque se admiren,
Porque me admiren tampoco,
Canto porque es necesario,
Comunicarnos un poco.
Como el sudor que me corre,
Al cantar estas canciones,
Así ha corrido la Sangre,
Por calles y callejones.
Sangre de jóvenes puros,
De ancianos y de mujeres,
Sangre que clama Venganza,
Sangre de tantos Ayeres.
Ayeres de Tlatelolco,
Y del 10 de Junio Ayer,
Ayer Coprero Acapulco,
Ayer más Ayeres…
La inspiración se asemeja,
A un bravo toro de lidia,
Con su rabiosa embestida,
Pisotea tanta perfidia.
Rompe la Santa Escritura,
Bramando a la historia,
Preguntando a los que saben:
“¿Cómo es que existe la gloria?”
Atardeceres lluviosos,
Ocasos y amaneceres,
Como quisiera cantarles,
Olvidando mis ayeres.
Tomado de AlbumCancionYLetra.com


