
- 2 de octubre de 1968 “No se olvida”
Por: Gilberto de los Santos Cruz.
Hay fechas que pertenecen a la historia y otras que, con el paso del tiempo, se convierten en parte de la memoria colectiva de un pueblo. El 2 de octubre de 1968 es una de ellas. Aquel día, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en la Ciudad de México, una concentración estudiantil terminó en una violenta represión que dejó muertos, heridos y cientos de detenidos. La cifra exacta de víctimas mortales continúa sin establecerse con certeza, pero existe amplio consenso documental en que aquella noche representó uno de los episodios más dolorosos de la historia contemporánea de México.
El movimiento estudiantil había comenzado meses antes, a finales de julio, a partir de conflictos entre estudiantes y cuerpos policiacos, pero rápidamente se transformó en una movilización nacional que exigía libertades democráticas, respeto a la autonomía universitaria, libertad de expresión y el fin de prácticas represivas. La participación de estudiantes de la UNAM, el Instituto Politécnico Nacional y otras instituciones hizo que aquella protesta dejara de ser un asunto exclusivamente universitario para convertirse en una expresión social mucho más amplia.
Las movilizaciones fueron creciendo durante agosto y septiembre. Una de las expresiones más significativas fue la llamada Marcha del Silencio, realizada el 13 de septiembre, en la que miles de personas marcharon por las calles de la Ciudad de México para demostrar que las demandas estudiantiles podían expresarse de manera pacífica y organizada.
Sin embargo, la respuesta gubernamental fue endureciéndose. El 18 de septiembre, el Ejército ocupó Ciudad Universitaria y posteriormente intervino en otras instalaciones educativas. El Archivo General de la Nación documenta que durante aquella etapa hubo detenciones masivas y acciones de las fuerzas de seguridad contra estudiantes y profesores.
La tarde que cambió la historia
El 2 de octubre, el Consejo Nacional de Huelga convocó a un mitin en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. La concentración reunía a estudiantes, profesores, trabajadores y ciudadanos.
Poco después de las seis de la tarde comenzaron los disparos. La presencia de militares, policías y miembros del denominado Batallón Olimpia, así como la confusión provocada por las bengalas lanzadas desde un helicóptero, convirtió la plaza en un escenario de terror. Testimonios conservados por el Archivo General de la Nación describen la presencia de hombres armados identificados por elementos blancos y el posterior ataque contra los manifestantes.
Lo ocurrido aquella noche no fue solamente la represión de una manifestación. Fue un acontecimiento que dejó una profunda huella en la relación entre la sociedad y el Estado mexicano.
Durante años, la información sobre las víctimas y las circunstancias de la matanza permaneció incompleta. Los archivos oficiales estuvieron parcialmente reservados y las distintas versiones sobre el número de muertos alimentaron una larga lucha por la verdad histórica. En años posteriores, miles de documentos fueron abiertos a la consulta pública para contribuir al esclarecimiento de aquellos acontecimientos.
Por eso la frase “2 de octubre no se olvida” trascendió generaciones. No se trata solamente de recordar a quienes murieron, sino de preservar la memoria de una sociedad que comenzó a exigir con mayor fuerza el respeto a los derechos, las libertades y la participación ciudadana.
¿Qué significó Tlatelolco para Chiapas?
Aunque los acontecimientos tuvieron como escenario principal a la Ciudad de México, sus repercusiones llegaron a distintos estados de la República, incluido Chiapas.
La historia de Chiapas también está vinculada directamente con aquella generación. Un ejemplo significativo es el del médico tuxtleco Gilberto Gómez Maza, quien en 1968 era estudiante de Medicina de la UNAM y participó activamente en el movimiento estudiantil. Gómez Maza sobrevivió a la matanza de Tlatelolco y posteriormente regresó a Chiapas, donde tuvo una importante trayectoria en la medicina y en la formación de nuevas generaciones de profesionales.
Su historia permite comprender que Tlatelolco no fue un acontecimiento distante para los chiapanecos. Jóvenes originarios de nuestro estado estudiaban en la capital del país y formaban parte de aquella generación que estaba descubriendo nuevas formas de participación social.
Pero la influencia del 68 en Chiapas también puede observarse en la evolución posterior de la educación superior.
La memoria de Tlatelolco y de la represión de los movimientos juveniles quedó presente durante los años siguientes, precisamente cuando en Chiapas comenzaba a cobrar mayor fuerza la necesidad de ampliar las oportunidades de educación universitaria. La Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH) fue creada formalmente en 1974 y comenzó sus actividades en 1975. La propia crónica histórica de la institución señala que el recuerdo de Tlatelolco y de la represión de los movimientos juveniles de aquellos años formaba parte del contexto social y político en el que se impulsó la creación de la universidad.
La creación de la UNACH representó, por tanto, un momento fundamental para Chiapas: significó acercar la educación superior a una sociedad que durante mucho tiempo había tenido oportunidades limitadas para acceder a ella.
El impacto del 68 también puede observarse en la cultura de participación estudiantil que posteriormente se desarrolló en las instituciones educativas del estado. Las universidades, normales y organizaciones juveniles se convirtieron en espacios donde se discutían los problemas sociales, la educación, las desigualdades y el futuro de Chiapas.
No sería correcto afirmar que todos estos procesos fueron consecuencia directa de Tlatelolco. La historia chiapaneca tiene sus propias causas, luchas y circunstancias. Pero sí puede sostenerse que el 68 formó parte del contexto nacional que modificó la manera en que una nueva generación de mexicanos entendió la universidad, la participación ciudadana y el derecho a expresar sus ideas.
Una memoria que sigue viva
Décadas después, el recuerdo de Tlatelolco continúa presente en Chiapas.
Cada año, particularmente en Tuxtla Gutiérrez, las movilizaciones del 2 de octubre reúnen a estudiantes, organizaciones sociales, docentes y ciudadanos que recuerdan los acontecimientos de 1968. En 2018, por ejemplo, diversos contingentes marcharon en la capital chiapaneca para conmemorar el 50 aniversario de la matanza. La prensa local reportó una participación aproximada de siete mil personas.
Ese dato revela que la memoria de Tlatelolco no quedó encerrada en los libros de historia. Continúa formando parte de las conversaciones de las aulas, de las universidades, de las calles y de las familias.
Para Chiapas, recordar el 2 de octubre también significa reconocer el papel que han tenido los jóvenes y las instituciones educativas en la construcción de la vida social del estado.
Nuestra entidad ha vivido a lo largo de las décadas importantes movimientos estudiantiles, magisteriales, campesinos, indígenas y sociales. Cada uno tiene características y causas particulares, pero existe un elemento común: la búsqueda de espacios para ser escuchados y participar en las decisiones que afectan a la sociedad.
Recordar para construir
A 58 años de distancia, Tlatelolco continúa planteando preguntas que siguen siendo importantes: ¿cómo debe responder un gobierno ante la protesta social?, ¿hasta dónde llega el derecho a manifestarse?, ¿cómo se protege la libertad de expresión?, ¿qué responsabilidad tienen las instituciones educativas en la formación de ciudadanos críticos?
Recordar el 2 de octubre no significa vivir permanentemente en el pasado. Significa comprenderlo para evitar que la violencia sustituya al diálogo.
En una sociedad democrática, la juventud debe poder cuestionar, participar y expresar sus desacuerdos sin que ello implique perder el derecho a la seguridad y a la dignidad.
Chiapas, tierra de profundas desigualdades históricas pero también de una enorme riqueza cultural y humana, tiene mucho que aprender de aquella generación de jóvenes que salió a las calles para exigir ser escuchada.
Tlatelolco nos recuerda que una sociedad que olvida puede repetir sus errores. Pero también nos enseña que la memoria puede convertirse en una herramienta para construir instituciones más abiertas, universidades más libres y una ciudadanía más participativa.
El 2 de octubre no es solamente una fecha del calendario. Es una llamada permanente a la memoria, al diálogo y a la defensa de los derechos humanos.
Y en Chiapas, donde tantas generaciones de estudiantes han encontrado en la educación una vía para transformar su realidad, recordar Tlatelolco es también recordar el valor de estudiar, pensar, preguntar y participar.
Porque mientras una sociedad conserve la memoria de quienes alguna vez levantaron la voz, la historia seguirá teniendo algo que enseñarnos.


