El “Che” Guevara: 59 aniversario luctuoso

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“¡Hasta la victoria siempre!”

Por: Gilberto de los Santos Cruz.

El 9 de octubre de 1967, en La Higuera, Bolivia, terminó la vida de Ernesto “Che” Guevara, pero comenzó otra etapa de su historia: la transformación de un guerrillero en uno de los símbolos políticos más reconocidos y discutidos del siglo XX.

Hay personajes que pertenecen a la historia y otros que, con el paso del tiempo, se convierten en símbolos. Ernesto “Che” Guevara pertenece a ambas categorías. A 59 años de su muerte, su rostro continúa apareciendo en carteles, libros, camisetas y movimientos sociales de distintas partes del mundo. Para algunos representa la rebeldía, la lucha contra la injusticia y la defensa de los pueblos pobres; para otros, simboliza una visión política radical que justificó la violencia revolucionaria y las ejecuciones como instrumentos de transformación social.

Precisamente por ello, recordar al Che exige algo más que repetir consignas. Exige conocer al personaje, comprender el contexto en el que vivió y reconocer tanto sus ideales como sus contradicciones.

Ernesto Guevara de la Serna nació en Rosario, Argentina, en 1928. Estudió medicina y realizó varios viajes por América Latina que modificaron profundamente su percepción de la realidad social del continente. Durante esos recorridos conoció comunidades empobrecidas, trabajadores en condiciones precarias y sociedades marcadas por profundas desigualdades.

Aquellas experiencias lo llevaron a considerar que los problemas latinoamericanos no podían explicarse únicamente por circunstancias individuales, sino por estructuras económicas y políticas que producían pobreza y dependencia. El joven médico comenzó entonces a acercarse al pensamiento marxista y a la idea de que una transformación profunda de la sociedad requería una revolución.

México, punto decisivo

La historia del Che tiene una relación particularmente importante con México. En nuestro país conoció a Fidel Castro y se incorporó al grupo que preparaba la expedición revolucionaria hacia Cuba. Fue aquí donde recibió entrenamiento militar y terminó de consolidar su participación en el movimiento que posteriormente derrocaría al régimen de Fulgencio Batista.

En 1956, Guevara partió hacia Cuba junto con Castro y otros revolucionarios a bordo del yate Granma. Después de varios años de lucha guerrillera, la Revolución Cubana triunfó en enero de 1959.

El triunfo convirtió al Che en una de las figuras más importantes del nuevo gobierno. Ocupó responsabilidades de primer nivel, entre ellas la dirección del Banco Nacional de Cuba y posteriormente el Ministerio de Industrias.

Pero detrás de la imagen romántica del guerrillero también existía un dirigente convencido de que la revolución debía eliminar a quienes consideraba enemigos del nuevo orden. Durante y después de la revolución cubana hubo ejecuciones de personas vinculadas al antiguo régimen, y Guevara desempeñó un papel en ese proceso. Este aspecto de su trayectoria suele quedar relegado cuando se construye la imagen idealizada del personaje.

Por eso, una mirada histórica seria no puede convertirlo simplemente en un héroe. Tampoco sería suficiente reducirlo a un villano. El Che fue un hombre de profundas convicciones políticas, pero también un revolucionario que aceptó la violencia como parte de su proyecto de transformación.

La revolución como camino

Guevara estaba convencido de que América Latina necesitaba una transformación radical. Consideraba que la pobreza y la desigualdad no desaparecerían mediante reformas superficiales y que era necesario crear sociedades nuevas.

Su pensamiento tuvo gran influencia entre jóvenes latinoamericanos durante las décadas de 1960 y 1970, particularmente en una época marcada por la Guerra Fría, las dictaduras militares, los movimientos estudiantiles y las luchas de liberación nacional.

Sin embargo, la experiencia también mostró los límites de esa visión. La guerrilla boliviana encabezada por Guevara no consiguió convertirse en el movimiento popular que él esperaba. El grupo permaneció aislado, tuvo dificultades para obtener apoyo campesino y terminó cercado por las fuerzas militares.

El 8 de octubre de 1967 fue capturado en la zona de La Higuera. Al día siguiente, 9 de octubre, fue ejecutado.

Tenía apenas 39 años.

Su muerte pudo haber significado el final de una aventura revolucionaria. Ocurrió lo contrario.

El nacimiento de un símbolo

Después de su muerte comenzó la construcción de una imagen que terminaría siendo incluso más poderosa que el personaje histórico.

La fotografía de Alberto Korda, conocida como Guerrillero Heroico, recorrió el mundo y convirtió el rostro del Che en un símbolo universal de rebeldía.

Aquí aparece una de las grandes paradojas de su legado: un hombre que buscaba construir una sociedad basada en determinados principios revolucionarios terminó convertido también en un producto de la cultura comercial mundial. Su rostro puede encontrarse tanto en movimientos políticos de izquierda como en productos de consumo, bares, tiendas y artículos de moda.

La historia tiene, en ocasiones, una extraordinaria capacidad para convertir las contradicciones en símbolos.

¿Qué representa el Che para México y Chiapas?

México no fue un escenario secundario en la historia del Che. Fue un lugar fundamental para su encuentro con Fidel Castro y para la preparación de la expedición revolucionaria cubana.

Pero la reflexión sobre su legado adquiere otra dimensión cuando la trasladamos a Chiapas.

Nuestro estado conoce profundamente los problemas de pobreza, desigualdad, marginación y exclusión que durante décadas han afectado a comunidades rurales y pueblos originarios. Chiapas también ha sido escenario de movimientos sociales que han cuestionado las estructuras políticas y económicas y que han colocado en el centro del debate la dignidad, la justicia y los derechos de los pueblos indígenas.

Sin embargo, la experiencia chiapaneca también permite entender que la transformación social no necesariamente tiene que construirse mediante las armas.

La educación, la organización comunitaria, la participación ciudadana, el acceso a la salud, la defensa de los derechos humanos y la creación de oportunidades pueden convertirse en instrumentos mucho más duraderos para combatir la desigualdad.

En una tierra donde todavía existen comunidades que enfrentan enormes desafíos sociales, recordar al Che debería servir menos para repetir una imagen y más para preguntarnos qué hemos hecho como sociedad para combatir las causas de la pobreza y la exclusión.

Una historia que no debe idealizarse

Quizá la mejor manera de recordar al Che Guevara sea precisamente alejarnos de las posiciones absolutas.

Idealizarlo significa ignorar aspectos incómodos de su trayectoria. Demonizarlo también significa desconocer por qué millones de jóvenes latinoamericanos encontraron en sus palabras y en su ejemplo una expresión de inconformidad frente a sociedades profundamente desiguales.

Fue un hombre de su tiempo, pero también alguien que aspiró a transformar ese tiempo.

Su historia nos recuerda que las grandes desigualdades pueden generar profundas inconformidades y que cuando las instituciones son incapaces de responder a las demandas sociales, aparecen movimientos que buscan caminos alternativos.

Pero también nos enseña que ningún proyecto de transformación puede justificar automáticamente la violencia, la intolerancia o la eliminación del adversario.

Las sociedades modernas tienen la responsabilidad de buscar cambios profundos sin renunciar a la democracia, al diálogo y al respeto irrestricto de los derechos humanos.

A 59 años de su muerte, el Che Guevara continúa siendo una figura incómoda, apasionante y polémica. Su rostro sigue presente porque representa una pregunta que todavía no ha desaparecido: ¿cómo construir sociedades más justas sin repetir los errores y las tragedias del pasado?

Tal vez esa sea la verdadera utilidad de la historia.

No se trata de decidir si el Che fue héroe o villano. Se trata de comprender al hombre, su época, sus ideales y sus contradicciones.

El 9 de octubre de 1967 murió Ernesto “Che” Guevara en una pequeña comunidad boliviana. Pero la discusión sobre las ideas que defendió, los métodos que utilizó y el mundo que soñó continúa viva.

Y mientras en América Latina persistan la pobreza, la desigualdad y la exclusión, su figura seguirá apareciendo como un espejo de nuestras propias contradicciones: la necesidad de transformar aquello que es injusto, pero también la obligación de preguntarnos qué caminos estamos dispuestos a recorrer para lograrlo.

“Hasta la victoria siempre”  (Ernesto “Che” Guevara)