
Humanismo con nombre propio, la medalla Manuel Velasco Suárez
A Fuego Lento.
Por: Alberto Ramos García.
La sesión solemne del Congreso de Chiapas no fue un acto protocolario más. Fue, en el fondo, una declaración política y ética: reconocer al doctor David Kershenobich Stalnikowitz con la medalla que lleva el nombre de Manuel Velasco Suárez implica reivindicar una forma de entender la medicina y el servicio público donde el conocimiento científico no se divorcia del compromiso social.
La narrativa construida desde la tribuna fue clara: Velasco Suárez no fue solo un neurocirujano brillante, sino un humanista que entendió la política como una extensión de la ética médica. Fundador de instituciones, gobernador, impulsor de la bioética y defensor de la paz mundial, su legado es incómodo para los tiempos actuales porque exige coherencia entre discurso y acción. Nombrarlo es recordarle al poder que la ciencia sin conciencia es técnica vacía.
En ese espejo se colocó hoy Kershenobich. Su trayectoria —formador de generaciones, investigador de referencia en hepatología y actual secretario de Salud— no se presentó como un currículum inflado, sino como una biografía de servicio. El Congreso quiso subrayar algo más profundo: su vínculo con Chiapas y con las comunidades más vulnerables, particularmente las indígenas, donde la medicina no es lujo académico sino urgencia cotidiana.
No es menor que este reconocimiento ocurra bajo la presencia del gobernador Eduardo Ramírez Aguilar y en un contexto nacional encabezado por Claudia Sheinbaum Pardo. El discurso insistió en una idea: el humanismo como eje de gobierno. Pero aquí aparece la tensión inevitable entre palabra y realidad. Porque hablar de humanismo en Chiapas es enfrentarse a indicadores duros: rezago en salud, pobreza estructural, alcoholismo en comunidades indígenas y carencias históricas en infraestructura médica.
La ceremonia, entonces, fue más que un homenaje: fue un recordatorio incómodo. Si Velasco Suárez fundó la hoy Unach y apostó por la educación como base de la salud, el reto actual es no convertir su nombre en un símbolo vacío. Y si Kershenobich habla de vacunación, prevención y salud pública, el desafío es que esas palabras se traduzcan en políticas reales que lleguen a la selva, a la sierra y a los márgenes urbanos.
Hay un punto especialmente revelador en su discurso: “la medicina no se mide por el prestigio, sino por la disposición a servir”. En un país donde los sistemas de salud suelen ser campo de disputa política, esa frase debería leerse como advertencia. El humanismo no es una consigna: es una carga. Implica aceptar que cada decisión presupuestal también es una decisión ética.
La medalla Manuel Velasco Suárez, instituida por el Congreso chiapaneco, no premia solo trayectorias científicas; premia una visión del mundo. Por eso su otorgamiento a Kershenobich no es neutral: es una toma de postura a favor de una medicina pública con rostro humano. La pregunta es si el Estado estará dispuesto a sostener ese discurso cuando toque priorizar recursos, enfrentar epidemias o corregir inercias burocráticas.
Hoy, el Congreso se vistió de solemnidad y de memoria. Pero mañana la política volverá a su ritmo áspero. Ahí se verá si este homenaje fue un acto de conciencia o un ritual más. Velasco Suárez enseñó que la buena política es “hacer medicina en grande”. Kershenobich recordó que la ciencia pierde sentido sin empatía. Entre ambos queda planteado un desafío: que Chiapas no solo honre el humanismo en ceremonias, sino que lo convierta en política pública cotidiana. Esa, y no la medalla, sería la verdadera condecoración.
Finalmente…
¿Dónde dice en la Biblia honor a quien honor merece?
La Biblia nos manda demostrar afecto fraternal y honrar a quien honra merece (Rom. 12:10; 13:7).
Nos leemos mañana, Dios mediante , y feliz cumpleaños Omar Garcia Harfuch, está pasando la “edad peligrosa” de cada hombre


