
Por: Gilberto de los Santos Cruz
Introducción
El 8 de septiembre de 1998 es una fecha que jamás podré borrar de mi memoria. Ese día, como presidente municipal de Pijijiapan, me tocó presenciar y vivir uno de los desastres más dolorosos que haya sufrido nuestro pueblo. El río, que siempre nos dio vida, se convirtió en una fuerza incontrolable que arrasó con cientos de hogares y dejó marcada a toda una generación.
Escribo estas líneas no solo como autoridad que fue testigo de aquel episodio, sino como ciudadano que vio a sus vecinos, amigos y familiares luchar contra la fuerza del agua, aferrarse a la esperanza y levantarse en medio de la desgracia.
Los días previos: la amenaza silenciosa
Todo comenzó el 3 de septiembre de 1998, cuando las lluvias se intensificaron más de lo normal. En aquel entonces nadie imaginaba lo que estaba por venir. Esa noche, alrededor de las siete, el río Pijijiapan se salió de su cauce e inundó parte de la colonia 5 de Mayo. Fue la primera señal de alerta.
Aunque nos preocupaba, muchos creímos que sería una crecida pasajera, como otras que ya habíamos enfrentado. Pero las lluvias no cesaron. Al contrario, se volvieron más intensas, y día con día el peligro se hacía más evidente.
La madrugada que cambió a Pijijiapan
La madrugada del 8 de septiembre fue distinta a todas. Todavía puedo escuchar las alarmas improvisadas: bocinas, campanas y gritos que corrían de calle en calle. El río ya no podía contenerse y sus aguas furiosas se dirigían hacia el corazón del pueblo.
Recuerdo caminar entre la gente, ver la desesperación en los rostros y sentir esa mezcla de miedo e impotencia. Familias enteras corrían tratando de salvar lo poco que podían. Los niños eran cargados en brazos, los ancianos ayudados por vecinos solidarios, mientras muchos buscaban refugio en techos o árboles para escapar de la corriente.
En cuestión de minutos, las calles se transformaron en ríos de lodo y escombros. El rugido del agua se mezclaba con el llanto y el clamor por ayuda. Fue una escena que jamás olvidaré.
Los barrios golpeados por la furia del río
El impacto fue devastador. En pocas horas, más de 700 viviendas quedaron destruidas o seriamente dañadas. Las colonias y barrios más golpeados fueron:
- San Felipe
- 5 de Mayo
- Ojo de Agua
- Arenal
- 20 de Noviembre
- Obrera
- Guadalupe
- Guanajuato
- Las Perlas
En cada uno de esos lugares la tragedia tenía rostro: mujeres llorando al ver sus casas derrumbadas, campesinos lamentando la pérdida de sus cosechas, niños aferrados a la mano de sus padres mientras el agua arrasaba con todo a su paso.
El dolor y la solidaridad
El desastre no se midió solo en daños materiales. Hubo pérdidas humanas, familias que lo perdieron todo y un dolor colectivo que aún duele recordar. Pero también hubo una fuerza que nos sostuvo: la solidaridad del pueblo.
Vi con mis propios ojos a vecinos formar cadenas humanas para rescatar a quienes estaban atrapados; a jóvenes arriesgarse para poner a salvo a los más vulnerables; a mujeres abrir las puertas de sus casas, aún inundadas, para dar refugio a otros. Fue en medio de la tragedia cuando Pijijiapan demostró su grandeza.
Un desastre más allá de Pijijiapan
Aunque nuestra tierra fue de las más golpeadas, no fuimos los únicos. A nivel estatal, aquel fenómeno natural dejó un saldo doloroso: alrededor de 200 fallecidos en Chiapas, más de 7,500 viviendas afectadas, decenas de puentes destruidos y cientos de kilómetros de carreteras dañadas.
Pijijiapan quedó grabado como uno de los epicentros de la tragedia, pero también como ejemplo de organización y resistencia.
Mi memoria, nuestro legado
Al escribir estas palabras, revivo no solo el dolor de aquellos días, sino también el orgullo de haber visto a un pueblo que no se rindió. Como presidente municipal, me correspondió acompañar a la gente, gestionar apoyos y coordinar esfuerzos, pero más allá del cargo, estuve allí como hijo de Pijijiapan, como hermano de quienes lo perdieron todo.
La crónica que hoy comparto no pretende ser solo un registro de daños. Es un homenaje a cada familia que resistió, a cada vida que se apagó y a cada gesto de solidaridad que nos permitió salir adelante.
Reflexión final
Han pasado más de dos décadas, pero el 8 de septiembre de 1998 sigue vivo en nuestra memoria. Recordarlo es necesario para honrar a quienes ya no están, para valorar lo que hemos reconstruido y para no olvidar que la naturaleza siempre merece respeto.
Pijijiapan es más que la tragedia que nos tocó vivir. Somos un pueblo fuerte, solidario y valiente, que supo levantarse de entre las aguas y el lodo para seguir caminando. Ese es el legado que me enorgullece dejar como testimonio: que aún en medio del dolor, nunca perdimos la esperanza.


