Legado de Don Salvador Allende, 11 Septiembre 1973

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  • Golpe de Estado a la Unidad Popular de Chile

Por: Gilberto de los Santos Cruz

Hay fechas que permanecen en la memoria de los pueblos porque representan mucho más que un acontecimiento político. El 11 de septiembre de 1973 es una de ellas. Ese día, Chile vivió uno de los episodios más dolorosos y trascendentes de la historia contemporánea de América Latina: el golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, encabezado por las Fuerzas Armadas y Carabineros, con el general Augusto Pinochet como una de las principales figuras de la Junta Militar que tomó el poder.

Aquel día, el Palacio de La Moneda fue bombardeado. Allende permaneció en la sede presidencial mientras las fuerzas militares avanzaban sobre Santiago. Poco después, el presidente murió y terminó abruptamente el gobierno de la Unidad Popular, que había llegado al poder en 1970 mediante las urnas con un proyecto de transformación social orientado hacia el socialismo.

El golpe no ocurrió en un vacío político. Chile atravesaba una profunda polarización, conflictos sociales, dificultades económicas y una fuerte confrontación ideológica, todo ello enmarcado en la Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética disputaban influencia política en distintas regiones del mundo. La propia documentación histórica chilena señala la existencia de presiones económicas, acciones de inteligencia y apoyo a sectores opositores al gobierno de Allende dentro de ese contexto internacional.

Sin embargo, más allá de las explicaciones ideológicas de aquel tiempo, lo que quedó como consecuencia fue la ruptura de la institucionalidad democrática y el establecimiento de una dictadura militar que se prolongó hasta 1990.

Un golpe que cambió el rostro de América Latina

La experiencia chilena tuvo repercusiones mucho más allá de sus fronteras. Sudamérica ya vivía un proceso de creciente presencia militar en la política. Brasil había sufrido un golpe de Estado en 1964; Bolivia atravesó una ruptura institucional en 1971; Uruguay sufrió el quiebre democrático en junio de 1973 y Chile en septiembre de ese mismo año. Argentina seguiría ese camino en 1976.

En este escenario comenzó a consolidarse una red de colaboración entre gobiernos militares para perseguir a opositores políticos incluso fuera de sus propios territorios. Esa coordinación alcanzaría posteriormente una expresión formal con el Plan Cóndor, establecido a finales de 1975 y en el que participaron principalmente Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay, con Brasil como observador.

La persecución dejó de respetar las fronteras. Exiliados, dirigentes políticos, estudiantes, sindicalistas, periodistas y defensores de los derechos humanos fueron perseguidos, detenidos, torturados y, en numerosos casos, desaparecidos o asesinados. Investigaciones sobre el Plan Cóndor han identificado centenares de víctimas de la represión transnacional en América del Sur.

Chile, por tanto, no puede entenderse solamente como una historia nacional. El golpe de 1973 formó parte de un periodo continental en el que la democracia sufrió graves retrocesos y en el que la doctrina de la seguridad nacional fue utilizada para justificar la persecución política.

Argentina, Uruguay y otros países: una región marcada por el exilio

Uno de los efectos más dramáticos del golpe chileno fue el enorme desplazamiento de personas. Miles de chilenos tuvieron que abandonar su país y buscar refugio en otras naciones.

Argentina se convirtió inicialmente en uno de los principales destinos. Allí coincidieron chilenos, uruguayos, brasileños, paraguayos y bolivianos que habían escapado de distintos regímenes autoritarios. Pero aquella situación también tendría consecuencias dramáticas porque, después del golpe argentino de 1976, ese país dejó de ser un refugio relativamente seguro y se convirtió en escenario de una represión todavía más amplia.

Uruguay, por su parte, había sufrido su propio quiebre democrático apenas unos meses antes, el 27 de junio de 1973, cuando el presidente Juan María Bordaberry disolvió el Parlamento con apoyo de las Fuerzas Armadas. La región entraba así en una etapa de dictaduras que afectaría profundamente a varias generaciones.

La experiencia chilena también tuvo un impacto político y simbólico en América Latina. Para algunos sectores significó el fracaso de una determinada vía democrática hacia el socialismo; para otros, representó una advertencia sobre los peligros que enfrentan las instituciones cuando la polarización política, los intereses económicos, la intervención extranjera y la pérdida de confianza en la democracia se combinan.

México: una nación que abrió sus puertas al exilio chileno

En medio de aquella tragedia, México desempeñó un papel particularmente importante.

La tradición mexicana de asilo y refugio político se hizo presente nuevamente después del golpe. La Embajada de México en Chile recibió alrededor de 800 solicitudes de asilo y, para noviembre de 1973, albergaba a 121 personas. Posteriormente se tramitaron más de 200 salvoconductos para facilitar la salida de personas perseguidas.

México también recibió a integrantes de la familia de Salvador Allende y a numerosos ciudadanos chilenos vinculados con la vida política, académica, cultural y profesional de aquel país.

Este episodio fortaleció una de las tradiciones más reconocidas de la diplomacia mexicana: ofrecer protección a personas perseguidas por razones políticas. El exilio chileno enriqueció además la vida académica, cultural y artística de México. Profesores, investigadores, escritores, artistas, científicos y profesionales encontraron aquí la posibilidad de continuar sus vidas y sus actividades.

Así, una tragedia para Chile significó también una oportunidad para México de demostrar que la solidaridad entre los pueblos puede convertirse en una política de Estado.

Una lección para las nuevas generaciones

A 53 años de aquel 11 de septiembre de 1973, la historia sigue invitándonos a reflexionar.

Recordar el golpe de Estado en Chile no significa ignorar las profundas divisiones políticas y sociales que existían en aquel momento. Tampoco significa reducir una época compleja a una sola explicación. Significa comprender que, independientemente de las diferencias ideológicas, la democracia, las instituciones y los derechos humanos deben ser preservados.

La historia latinoamericana del siglo XX demuestra que cuando las diferencias políticas dejan de resolverse mediante el diálogo, las instituciones y el voto, las consecuencias pueden ser devastadoras.

Chile tardó muchos años en recuperar plenamente su democracia. Miles de familias quedaron marcadas por la desaparición, el exilio, la prisión, la tortura y la pérdida de seres queridos. La sociedad chilena todavía debate y procesa esa memoria.

Por eso, recordar a Salvador Allende y el golpe de Estado de 1973 no debe ser únicamente un ejercicio de nostalgia histórica. Debe ser una oportunidad para preguntarnos qué hemos aprendido como sociedad.

México, por su parte, tiene en aquella historia un capítulo particular: mientras una parte de América Latina cerraba sus puertas y perseguía a sus opositores, nuestro país abrió las suyas para recibir a quienes necesitaban protección.

Hoy, cuando en distintas partes del mundo vuelven a aparecer discursos de intolerancia, polarización y violencia política, aquella experiencia conserva una enorme vigencia.

La democracia no debe darse por sentada. Se construye todos los días mediante el respeto a las instituciones, la libertad de expresión, la participación ciudadana y, sobre todo, mediante la capacidad de reconocer al adversario político como parte de una misma sociedad.

El 11 de septiembre de 1973 quedó grabado en la memoria de Chile y de América Latina como el día en que un gobierno constitucional fue derribado por la fuerza. Pero también puede ser recordado como una fecha que nos recuerda el valor de la democracia y la responsabilidad que tenemos las nuevas generaciones de defenderla.

Porque la historia no solamente sirve para recordar lo que ocurrió.

También sirve para evitar que los pueblos vuelvan a cometer los mismos errores.